Una historia que me tiene revuelto el corazón

La historia de Muñeca me ha tenido con el corazón revuelto todos estos días. Para aquellos de ustedes que no saben de qué estoy hablando, la historia es la siguiente: el primero de abril un trabajador de Aseo Capital le cortó 3 patas a una perrita que, según él, “se chocó” con la máquina podadora… y siguió con su trabajo como si nada hubiera pasado. Sólo las exigencias de las personas que vieron el hecho lo obligaron a parar y a declarar ante la policía, donde tuvo el cinismo de afirmar que no la había visto. Muñeca es una perra mediana, estaban podando el pasto, no un matorral de bosque andino… era imposible que no la hubiera visto.

Ésta es otra de tantas cosas que pasan en este país, en este planeta, que me llenan de indignación, tristeza y sobre todo miedo. Me da mucho miedo pensar en cuántas personas hacen cosas atroces y violentas contra otras personas y contra los animales y no les importa. Me da mucho miedo —quizás aún más— pensar en todo el daño que hacemos sin darnos cuenta, sin ser conscientes de lo que estamos haciendo… a veces porque el alcance de las consecuencias de nuestros actos está más allá de nuestros ojos, o a veces porque nos han educado de manera que entendemos algunos actos llenos de violencia con plena normalidad, como si fueran completamente inofensivos sólo por el hecho de ser comunes.

Lo que le pasó a muñeca no es un caso aislado, como tampoco lo es ninguno de los actos violentos que nos cuentan las noticias. Y no es un caso extraño tampoco… lamentablemente tiene sentido, y no digo sentido como queriendo decir que lo entiendo, o que pienso que sea lógico, muchísimo menos diciendo que esté bien. Está mal, está podridamente mal, pero tiene sentido en medio de todo su sinsentido.

Tiene sentido porque vivimos en una sociedad que valora más a los objetos que a los seres vivos, en la que el concepto de felicidad está ligado al de tener cosas y en la que nos enseñan que uno “vale” más si tiene más. Tiene sentido porque, además, vivimos en una sociedad que nos ha enseñado a ver al medio ambiente como un adversario que hay que vencer (una idea absolutamente descabellada y llena de ignorancia por donde se la mire), que nos ha enseñado a entender que el progreso y el desarrollo son cemento y carros, que nos ha convencido de que somos pobres y subdesarrollados porque mide a todos con la misma vara y (aprovechando una frase de Einstein) juzga a los peces por su capacidad de subirse a los árboles.

Tiene sentido, también, porque nos han educado para creer que los animales —y en general la naturaleza, que en medio de nuestra ignorancia entendemos como algo separado de nosotros, ignorando que nosotros somos parte de ella— son objetos que están aquí para nuestro beneficio. Nuestro sistema ha estado en gran parte construido alrededor de esa idea: mientras los animales nos sean de alguna utilidad: bienvenidos; si no, adiós.

Las vacas, los cerdos, las gallinas y los peces nos “sirven” porque son comida, qué importa si sufren, o si sienten miedo o dolor… nosotros “necesitamos” esos productos y por supuesto, lo que nosotros necesitemos está por encima de lo que necesiten ellos. Los perros, los gatos, las aves exóticas nos “sirven” como compañía en el mejor de los casos… en muchos otros sirven como adorno. La raza de perro que esté de moda se vende en las tiendas de mascotas como pan caliente, se ven cachorros muriendo de tedio encerrados en una vitrina, esperando a que alguien los libere de esas jaulas de vidrio en las que no pueden ni siquiera moverse bien. Tan pronto pasan de moda se llena la calle de animales abandonados.

¿Cómo va a ser sorprendente que alguien le corte las patas a un perro? A ese señor, seguramente, le enseñaron que los animales sirven para algo y no que son otros habitantes de este planeta, con tanto derecho de estar aquí como nosotros. Al señor le estorbó la perra mientras cortaba el pasto, y como la vio criolla (y por lo tanto con cara de perra callejera) le pasó por encima. Si muñeca hubiera sido dálmata, labrador o akita inu es posible que la historia hubiera sido otra… y no porque al señor ese le hubiera importado, sino porque tal vez se hubiera sentido asustado por lo que le podría pasar si el dueño de un perro de raza (seguramente alguien con plata) le podría hacer; seguramente él jamás esperó que hubiera gente que se preocupara por un perro de la calle, porque obvio, esos no “sirven” para nada. A estas alturas ese señor debe estar entre confundido e indignado preguntándose por qué la gente está haciendo tanto alboroto por un animal, algo que a él seguramente le enseñaron que vale menos que un objeto.

Como empecé diciendo, la historia de muñeca me tiene con el corazón revuelto, y también confundido. Por ratos me lleno de tristeza y de miedo pensando en lo que le hicieron a esa perrita y lo que impunemente le hacen a miles de animales todos los días. Por ratos me lleno de esperanza viendo a tanta gente que se ha preocupado por el caso, a los medios dedicándole algo de espacio a una noticia sobre maltrato animal. Es posible que, como todas las noticias de violencia en Colombia, la noticia de Muñeca se olvide en poco tiempo, apenas pase el boom… pero estoy segura de que a algunas personas esta historia las marcó para siempre, aunque sea a unas pocas. Pienso también que sólo el hecho de que se esté generando polémica, que a ese señor lo hayan echado de su trabajo y que las directivas de Aseo Capital se estén viendo obligadas a dar explicaciones, a publicar comunicados y a cubrir todos los gastos de atención veterinaria de Muñeca va a sentar un precedente, aunque sea mínimo, en cuanto a derechos de los animales.

Unas cuantas personas exigieron al trabajador de Aseo Capital que explicara lo que pasó. Varias más se unieron y han estado atentas a la evolución de Muñeca. Otras más han empezado a organizar marchas para exigir la creación de leyes más fuertes de protección a los animales. Todo puede parecer muy poco pero de cosas pequeñas se hacen cosas grandes. En esta historia la diferencia la está haciendo la gente, y esa, en mi opinión, es la única manera de hacer la diferencia.

Para cerrar, quiero compartir con ustedes una lista de diez consejos para evitar el sufrimiento animal. Es una lista que propone la Sociedad Protectora de Animales de Medellín en un volante que cogí en el Café Vallejo y lo tengo pegado a la nevera; algunas son cosas que he tenido claras desde pequeña (gracias mami), otras las he ido aprendiendo después. También lo tengo a la vista porque uno nunca sabe quién va a leer algo de lo que uno tiene por ahí, y cuando uno menos piensa ha hecho otra pequeña diferencia.

Aquí va:

Diez consejos para evitar el sufrimiento animal:

1. Alimentos: Evita en tu dieta productos obtenidos de los animales que son maltratados en granjas de explotación masiva.

2. Ropa: Busca alternativas, como el algodón, el lino y los materiales sintéticos.

3. Cosméticos: Rechaza productos que son probados en animales.

4. Diversión: La caza, la pesca, y algunos mal llamados deportes como el rodeo, las corridas de toros, las riñas de gallos, producen sufrimiento y dolor. Rechaza estos espectáculos.

5. Cautiverio: Los zoológicos, los circos, los acuarios, utilizan animales aislándolos de su medio ambiente natural. Evita las visitas a estos lugares.

6. Educación: Niégate a participar en experimentos con animales, propón medios alternativos. Difunde este mensaje y ayuda a mejorar el trato que se le da a los animales.

7. Responsabilidad: No reproduzcas, no compres, no vendas animales.

8. Albergues: Son insuficientes para atender la demanda de servicios. Colabora ayudando a ubicar animales en hogares sustitutos. Dona, apadrina, adopta.

9. Cuidado: Esteriliza los animales cercanos a tu grupo familiar, no los dejes circular sin traílla, bríndales atención veterinaria y dedícales tiempo diariamente para jugar y caminar.

10. Habla por ellos, déjate oír. Escribe a los periódicos, programas radiales y de televisión. Reclama por los derechos de los animales. Tú eres su voz. 

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