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Desodorante en spray “El conejo feliz”

Desodorante en spray "El conejo feliz" · Cualquier cosita es cariño

El desodorante fue uno de los primeros productos que empecé a preparar en casa y, por lo tanto, uno de mis primeros pasos hacia una vida con menos basura (en sentido literal y figurado).

Fue también la primera receta de un producto de cuidado personal que compartí aquí y, a pesar de que eso fue hace más de dos años, sigue siendo una de las publicaciones más visitadas del blog. Así que debo decirlo: le tengo cariño.

Durante aproximadamente dos años estuve usando desodorante El conejo feliz en versión crema (la receta está aquí), y siempre me funcionó de maravilla (incluyendo una prueba de fuego en el calor intenso y los largos paseos en bici durante mi viaje a las islas Galápagos). Y, luego de superar la etapa inicial de timidez en la que no me atrevía a abandonar 100% los desodorantes comerciales, me convencí completamente de su efectividad y creí que nunca lo iba a cambiar por ninguna otra receta.

Y aquí estoy, compartiendo otra receta. ¿Por qué? Pues por varias razones: Leer +

Desodorante “el conejo feliz”

Hay varias buenas razones para dejar de usar desodorantes comerciales, y las que me convencieron a mí son estas:

  1. Existen sospechas sobre la relación entre el uso de antitranspirantes (particularmente los que contienen aluminio) y el desarrollo de cáncer de mama.
  2. Sudar es natural, es un proceso que el cuerpo necesita para termoregularse. Los desodorantes comerciales tienen propiedades antitranspirantes, lo que quiere decir que bloquean el proceso de transpiración. Que eso pase de vez en cuando es una cosa… pero quitarle al cuerpo el “derecho” a sudar ¡todos los días! debe tener al menos algunas consecuencias negativas.
  3. El contacto frecuente con el aluminio también se ha relacionado con el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer.
  4. Los desodorantes comerciales de las marcas más populares (como muchísimos otros productos de aseo personal) son probados en animales. Conejos, conejillos de indias, monos, perros, gatos, ratones y otro montón de animales son sometidos a pruebas horrorosas, pasan sus cortas vidas encerrados en jaulas en un laboratorio, donde les aplican repetidamente los productos en los ojos o sobre heridas abiertas para analizar los posibles peores efectos que podrían tener en los seres humanos (unos seres humanos muy torpes, que se pondrían los productos en los ojos o en heridas abiertas).

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