Desconexión 2.0

Acabo de llegar de un viaje en el que estuve al mismo tiempo muy conectada y muy desconectada. Pasé unos días increíbles viajando sola en Chiloé, una isla en el sur de Chile, y otros días muy diferentes pero también muy ricos en Santiago, visitando a mis amigos.

En varias conversaciones surgió el tema de la conexión: la posibilidad de hablar por Skype con los seres queridos a pesar de estar de viaje, la facilidad para encontrar un lugar gracias a las aplicaciones de localización de los teléfonos modernos, la posibilidad de “mantener al día” las relaciones de amistad con personas de diferentes países a pesar de la distancia. El asunto de la conexión también surgió de otras maneras: hablando del cuidado al planeta, del cuidado a uno mismo, del cuidado a nuestras relaciones afectivas, de las cosas que comemos, de la poca idea que tenemos sobre el impacto de nuestros hábitos, o el origen de nuestros alimentos, nuestra ropa, o de casi cualquier objeto que compramos.

Es muy curioso que en el momento histórico en el que vivimos donde aparentemente todo está conectado todo el tiempo estemos realmente tan desconectados.

Antes de seguir quiero aclarar que no tengo nada en contra de la tecnología; es más, creo que la amo, como amo el internet. La tecnología, contrario a lo que se suele pensar, no es la culpable de todos los males de nuestra era. La tecnología es una herramienta, y como cualquier herramienta se puede usar para cosas buenas y para cosas malas; el ejemplo más fácil: un martillo sirve tanto para construir una mesa como para matar a una persona… y la “culpa” no es del martillo, sino de la persona que lo usó y las intenciones que tenía. Así que vale la pena dejar bien claro lo que pienso: cualquier cosa que nos esté pasando debido a la tecnología es culpa nuestra y nada más que nuestra. La tecnología no es un ser pensante, así que no puede decidir qué hacer y qué no… en cambio nosotros sí. Lamentablemente la mayor parte del tiempo nos hacemos los tontos y culpamos a cosas inertes por las cosas que pasan como consecuencia de nuestras propias decisiones.

Volviendo al tema: estamos desconectados. Rara vez tenemos algo que ver con el proceso de producción de nuestros alimentos, compramos cosas comestibles con listas de ingredientes tan complejas que difícilmente se puede saber de qué están hechos, nuestras prendas de vestir se hacen por miles de millones al otro lado del mundo, en fábricas que se caen encima de las personas que las confeccionan, tenemos cientos (o miles) de amigos en Facebook pero difícilmente le vemos la cara en vivo y en directo a una decena de ellos al mes, vemos televisión en lugar de conversar con nuestra familia, no sabemos los nombres de los árboles nativos de nuestra tierra, no entendemos ni siquiera lo más básico de las fases de la luna. No tenemos idea de dónde estamos parados, y no me refiero al punto de localización del GPS sino al minúsculo punto que ocupamos en el planeta tierra. Y por supuesto, y más grave aún, no tenemos idea cómo cada cosa que nos rodea tiene impacto en nosotros, ni cómo cada uno de nuestros actos y decisiones tiene un impacto en absolutamente todo lo que nos rodea (y la mayoría de las veces no nos preocupamos por preguntárnoslo).

No es sorprendente que tanta gente sufra de migrañas interminables, que cada vez más la gente se acostumbre a vivir enferma, que sean tan frecuentes las crisis familiares, las enfermedades inexplicables, la ansiedad y el estrés, la fatiga y la sensación de vacío y de soledad. No es sorprendente tampoco que la salud del planeta se esté yendo al caño de la mano de nuestra salud… si no tenemos idea de cuidarnos a nosotros mismos, ¿cómo se nos puede pedir que cuidemos a algo —o alguien— más?

Ante un panorama tan gris da la sensación de que no hay nada que hacer. MAL. Error garrafal. Hay mucho por hacer, y la buena noticia es que está en nuestras manos, al alcance de nosotros, los que creamos la tecnología y la sociedad y el sistema de desconexión en el que vivimos. A partir de pequeños cambios en la manera en que llevamos nuestra rutina, en que entendemos nuestro espacio/tiempo limitado en este planeta, nuestras relaciones con las personas que queremos y con el mundo que —a pesar de todo nuestro maltrato— sigue dándonos todo para nuestro sustento, encontraremos que conectarse, pero de verdad CONECTARSE (incluyendo o no el uso de la tecnología) genera poco a poco cambios inimaginables en nosotros mismos y en todo lo que nos rodea. Es así, como magia.

5 pasos para re-conectarte

  1. Empieza con un ejercicio de —llamémoslo así— geo-localización. ¿Dónde estás? ¿Cuántos habitantes tiene tu país, tu ciudad? ¿Cuáles son los animales silvestres que se encuentran cerca del área en que vives? ¿Cuáles son los nombres de los árboles y las plantas que ves todos los días? ¿A qué hora amanece y atardece? Te podrá parecer una tontería, pero eso te ayudará a ser un observador activo del entorno en el que te mueves. Salir a la calle ya no es lo mismo cuando empiezas a mirar con cuidado la vegetación, los bichos y la gente.
  2. Pregúntate si realmente te conoces. Estamos tan acostumbrados a estar con nosotros mismos que cuesta trabajo aceptar que hay cosas de nosotros que no conocemos. Observa tus ciclos de sueño, de alimentación, tus ciclos hormonales. Trata de ser consciente al menos un par de veces al día de la manera en la que respiras… ¿es una respiración tensa? ¿fluye bien o la estás forzando? Pregúntate cuál es la comida que realmente te hace sentir bien, cuáles son las compañías que más te nutren, pregúntate si realmente te permites descansar cuando estás cansado.
  3. Aprende a dedicarte tiempo a ti mismo. Y eso significa a estar solo, contigo y nada más que contigo. Nada de Whatsapp, nada de revistas, libros, trabajos manuales ni tareas del hogar. Estar solo y quieto puede ser una tarea desafiante, pero logra que nos conectemos con nosotros y con el entorno inmediato como pocas cosas en la existencia.
  4. Dedícale tiempo a tus seres queridos. Pero tiempo de verdad, de oír realmente lo que te cuentan (o ladran, o maúllan), de mirarlos y disfrutar lo que ves, lo que oyes, lo que sientes. Saca un rato para dedicarle a los amigos de la vida real, que verlos solamente en Facebook empieza a hacer que nos olvidemos de que son personas con un montón de dimensiones. Piensa cuándo fue la última vez que tuviste una conversación realmente cuidadosa con tus amigos… ¡con tanta frecuencia tenemos la cabeza en otra parte!
  5. Desconéctate. Cada tanto, olvídate del computador, del celular, del televisor, el radio, el equipo de sonido, la tablet, el kindle o lo que sea que uses. Ten una noche sin luz. Plantéate un día de la semana en que no revises el correo electrónico, ni las redes sociales, ni las noticias, ni los últimos capítulos de las series que te gustan. Nada de nada. En lugar de hiperestimular tu cerebro ese día, dedícate a dormir, a leer, a caminar, a cocinar algo que te guste, a pasear a tu perro, a besar a tu novio/a, cualquier cosa que te recuerde la importancia de darle su lugar a la tecnología dentro de una vida que se desarrolla en el mundo real.

Y tú, ¿qué piensas de la conexión/desconexión? ¿Qué recomendaciones tienes para quienes quieren estar más conectados?

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