Categoría: Notas

Algunas cosas que debes evitar si quieres cambiar el mundo

Algunas cosas que debes evitar si quieres cambiar el mundo

Cada vez que oigo a alguien hablando sobre “querer cambiar el mundo”, me quedo pensando en lo simple y a la vez confusa que es esa expresión.

Por un lado, cuando hablamos de “mundo” podemos estar refiriéndonos a muchas cosas: el mundo animal, el mundo acuático, el mundo humano, o el conjunto de todo lo existente (que es, de hecho, la primera definición que aparece en la RAE). Por otro lado, el mundo —sea cual sea del que estamos hablando— está cambiando constantemente, así que parece que da igual si queremos o no cambiar el mundo: él va a seguir cambiando sin nosotros. Y por último, eso de “querer cambiar el mundo” siempre me suena medio gracioso, porque creo que a lo que realmente nos referimos cuando usamos esa expresión, es a querer cambiar nuestro comportamiento para que la sociedad funcione de una manera diferente a como vemos que funciona ahora. Leer +

2016: un año como cualquier otro (+35 buenas noticias del año pasado)

2016: un año como cualquier otro (+ 30 buenas noticias del año pasado)

Antes de que se terminara el año, me senté frente al computador con la firme intención de hacer una publicación con una lista de cosas positivas que pasaron en 2016.

Había decidido hacerlo porque me cansé de leer una queja tras otra en las redes sociales: gente diciendo que 2016 había sido el peor año de la vida, que por favor se acabe ya, que no más, que se murieron muchos famosos, que Trump, que todo mal.

2016 tuvo cosas difíciles; eso no lo podemos negar. El asunto es que 2015 también fue difícil, y también 2002, 1983 y 1845. Y también todos los demás… sí, todos los años han tenido cosas difíciles, y también cosas bonitas, y cosas aburridas, inspiradoras, motivadoras, decepcionantes, y todas las otras cosas que están en el espectro entre lo maravilloso y lo atroz. Pero es muy fácil olvidarse de la diversidad y complejidad de experiencias vividas en un año, y quedarnos con la versión más simple, la versión en blanco y negro. Leer +

Instrucciones para no perder la esperanza

Instrucciones para no perder la esperanza | Cualquier cosita es cariño

Hace mucho tiempo que no publico nada aquí en el blog. Lo último que escribí (hace más de un mes) era sobre las cosas imperfectas y sobre por qué, una y otra vez, estoy dispuesta a creer en ellas.

Ese texto lo escribí pensando en el plebiscito que definiría si quedaba o no aprobado el acuerdo de paz en Colombia. El resultado, como posiblemente ya sabes, fue que ganó el No por un margen mínimo y con un índice de abstención del 62%. Justo al día siguiente me subí en un avión para cruzar el Atlántico (sí, con su huella de carbono y toda la cosa), mientras sentía el corazón como si fuera un costal lleno de piedras e incertidumbre.

No me fui por el resultado del plebiscito. Me fui porque meses antes había sido invitada a participar como co-anfitriona en una experiencia educativa para “agentes de cambio y líderes emergentes”, enfocada en creatividad, educación, sostenibilidad y cambio social. Me estaba yendo temporalmente de un país que me había aplastado la esperanza a otro país en el que iba a tener una experiencia que posiblemente me iba a ayudar a restaurarla. Leer +

Voto por las cosas imperfectas

Voto por las cosas imperfectas | Cualquier cosita es cariño

El fin de semana ocurrirá un evento que marcará la historia de Colombia: se definirá, a través de un plebiscito, si los colombianos estamos o no de acuerdo con el recién firmado acuerdo de paz. (Todo esto, aunque no lo parezca, tiene mucho que ver con lo que suelo compartir en el blog. Más abajo vas a ver por qué).

Las redes sociales han estado inundadas de imágenes que promueven el Sí o el No, y se han llenado de tensas discusiones entre familiares, amigos, conocidos y no tan conocidos que defienden uno u otro extremo. Y claro, es que aquí estamos hablando de extremos: el plebiscito no tendrá puntos medios; nada de “voto que no, aunque esta parte sí me gusta”“voto sí, pero no estoy de acuerdo con esto”. En el tarjetón será o lo uno o lo otro. O blanco o negro. Nada de grises. Leer +

¿Eres un “bicho raro”? Tengo algo que decirte…

¿Eres un bicho raro? Tengo algo que decirte... | Cualquier cosita es cariño

Este texto lo compartí hace un par de meses en el correo del Club, y quise volver a compartirlo en este formato más “abierto”, porque pienso que es importante mirar todo este asunto de “ser un bicho raro” o de “no encajar” desde otra perspectiva.

Todo empezó cuando estaba conversando con una amiga, y me dijo algo que ya me han dicho muchas veces: que soy un “bicho raro”. Lo dijo diferente, eso sí, porque me dijo “para mí tú eres normal, pero para la sociedad eres el bicho más raro de todos los bichos raros”.

Sé que no soy el bicho más raro de todos los bichos raros, obvio. Hay gente con ideas y costumbres muchísimo más particulares que las mías. Yo, de hecho, me siento como “del montón”… pero cuando pienso detenidamente en algunos aspectos de mi estilo de vida, me empieza a quedar más claro por qué hay gente que piensa que soy un bicho raro: Leer +

¿En qué dirección va el mundo?

¿En qué dirección va el mundo? · Cualquier cosita es cariño

A los humanos nos gusta mucho pensar en términos opuestos: las cosas van bien, y si no van bien, van mal. Como si no hubiera un enorme abanico de posibilidades entre esos dos extremos.

Cuando hablamos del futuro de la humanidad, o del destino de la vida en el planeta Tierra, solemos caer en la misma trampa. Nos dejamos llevar por lo que vemos en las noticias (que no suelen ser buenas), así que pensamos que todo está perdido y que el mundo se está yendo al carajo. O nos sentimos esperanzados gracias a una iniciativa en la que vemos potencial de cambio, sentimos que la gente a nuestro alrededor está más preocupada por su huella ambiental, y nos convencemos de que vamos por buen camino y todo va a estar bien.

El problema es que con frecuencia nos convertimos en tercos pesimistas o ingenuos optimistas, y nos olvidamos de la importancia de encontrar el equilibrio entre esas dos actitudes. Digo “tercos” e “ingenuos” porque caer en esos extremos —en cualquiera de los dos— nos convierte, básicamente, en personas que no aportan nada al cambio.

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Retroceder nunca, rendirse jamás

Retroceder nunca, rendirse jamás

Antes de decir cualquier otra cosa, debo hacer una confesión: nunca he visto esa película. Recordé el título porque me pareció perfecto para la publicación, y me metí a Wikipedia para descubrir que es protagonizada por Van Damme y es de karate. Yo pensaba que era de gente con pistolas… ahora hasta me dan ganas de verla.

Ese no es el tipo de cine que más me gusta (evidentemente. Si no ya la hubiera visto)… pero eso es completamente irrelevante para lo que quiero decir. El título vino a mi cabeza porque he tenido ganas de escribir sobre la idea de retroceder y rendirse… y fue inevitable pensar en esa película. Me pasa todo el tiempo: pienso en una frase que resulta que está en una canción, se me queda sonando la canción todo el día en la cabeza. Pienso en escribir sobre retroceder y rendirse, me dan ganas de ver una película de karate. Leer +

“Sensible” no es un defecto

"Sensible" no es un defecto · Cualquier cosita es cariño

Con cierta frecuencia noto que se usa la palabra “sensible” casi como si fuera un insulto, como si dejarse conmover por la realidad fuera una enfermedad que deberíamos eliminar sin piedad. Y la verdad es que antes me lo creía… muchas veces en el pasado sentí que ser sensible era una carga y un aspecto de mi personalidad que debería corregir. Ya no.

Me gusta ser así, aunque a veces eso signifique que la vida se siente más difícil, y aunque eso le resulte incómodo a algunas personas. Y bueno, aunque muchas veces me resulte incómodo a mí misma, porque eso pasa también.

“Sensible” es algo que hemos aprendido a ver como un defecto. Lo asociamos con debilidad y con irracionalidad. Lo asociamos también con comportamientos que son —supuestamente— femeninos, y lo femenino está muy mal parado en nuestras sociedades: lo deseable es ser fuertes, racionales, resistentes. Eso (según aprendemos) son “características de los hombres”, y sólo podemos alcanzarlas (y supuestamente deberíamos querer alcanzarlas, a fin de cuentas ser muy mujer está muy mal visto) si dejamos a un lado los sentimientos y nos regimos por la razón. Leer +

¿Dónde está el medio ambiente?

¿Dónde está el medio ambiente?

El sábado, en el correo del Club, hablé sobre algo que va a pasar el miércoles afuera del edificio en el que vivo y que me tiene muy triste: van a talar un árbol grande, precioso y sano, porque quieren remodelar una caseta que tiene justo al lado.

Es algo que a mí no me cabe en la cabeza, pero hay vecinos que están contentos porque se imaginan la construcción nueva muy glamourosa y les brillan los ojos pensando en la valorización, y porque las hojas secas que caen del árbol ya no van a “ensuciar” los carros que parquean justo debajo.

Eso hace que me pregunte muchas cosas. ¿Qué va a pasar con todos los nidos que hay en el árbol con sus huevos y sus polluelos? ¿Dónde se van a parar a descansar y a conversar todos los siriríes, los bichofués, los pericos carisucios, y todos los otros animales que hacen de ese árbol su hogar? ¿Cómo están organizadas las prioridades de las personas que decidieron cortarlo? ¿En qué momento empezamos a darle más valor a un par de muros y a un trozo de lata que al ecosistema completo que representa un árbol?

Me podría quedar todo el día especulando con las respuestas, pero me voy a ir directo a una que creo que puede explicar ésta y muchas otras situaciones: no sabemos dónde está el medio ambiente, y por lo tanto no tenemos ni idea de por qué deberíamos preocuparnos por cuidarlo. Creemos que es algo lejano y ajeno, que está en los bosques o en el Amazonas; que tiene que ver con delfines y gorilas pero no con gallinas o con vacas, y muchísimo menos con nosotros. No entendemos que el medio ambiente está en ese árbol y en los bichos que lo habitan, pero también en nuestros pulmones, en nuestro cerebro, en nuestras uñas y en las bacterias que viven en nuestros intestinos. Leer +

La trampa del todo o nada

La trampa del todo o nada

Los humanos tenemos muchas “mañas” que se han ido formando y fortaleciendo a lo largo de la historia. Por ejemplo, a pesar de la evidencia que tenemos sobre las complejísimas conexiones entre todas las cosas que nos rodean, insistimos en seguir tratando de entender el mundo como si estuviera hecho de partes independientes, y aparentemente seguimos estando convencidos de que podemos hacer una cosa aquí sin que se afecte otra cosa allá.

Con frecuencia, además, reducimos el mundo y la realidad a una cuestión de blanco y negro. Nos educaron así en la escuela, y la religión, la televisión, y casi todos los mensajes que nos llegan por todas partes siguen reforzando esa idea absurda de que el mundo consiste en opuestos básicos e irreductibles: el héroe y el villano, lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, lo gordo y lo flaco, lo iluminado y lo oscuro.

Esa visión dualista es, básicamente, un atajo; una manera de ahorrarle tiempo y energía al cerebro simplificando al máximo la información disponible. Reducimos el mundo a opuestos extremos porque resulta mucho más fácil juzgar algo simplemente como “bueno” o “malo” que analizar todos los posibles matices que hay entre esos dos puntos. Ver los puntos intermedios requiere más esfuerzo, más análisis, más información, más observación, más conciencia; pero lo que promueven nuestras sociedades es la comodidad y la inmediatez. Leer +