Viajar vegano y no morir en el intento, en 5 pasos básicos. 
Uno de los desafíos (si se le quiere decir así) de ser vegetariano o vegano es el tema de salir de casa. Cocinar a mi gusto, añadiendo lo que quiero comer y quitando lo que no me gusta es muy fácil en mi propia cocina… pero salir a comer a otro lugar trae consigo ciertas incomodidades, más aún cuando ese otro lugar es otro país, con otro idioma y otras costumbres alimenticias. De hecho una de las preguntas que me hacen con más frecuencia es si es muy difícil ser vegano/vegetariano cuando uno quiere viajar; y la respuesta es: depende, y no. 
Depende de qué sea lo que uno considera “difícil”. Nos hemos acostumbrado a tener todo tan al alcance de la mano, todo es directo, instantáneo (el café, las sopas, la comunicación, etc.) y nos cuesta mucho trabajo lidiar con cosas que hace unos cuantos años eran consideradas normales y que en este momento parecen ser —para muchas personas— esfuerzos sobrehumanos. Aquí quiero desmenuzar un poquito esas ideas de lo que puede ser “difícil”.
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Para algunas personas lo difícil es “resistirse” a las tentaciones gastronómicas de otros lugares; algunos no conciben la idea de viajar y no probar hasta la última excentricidad de la cocina local, así que les parece descabellado pensar en visitar un lugar y no probar cada cosa que se les cruza por el frente: cerebros de mono, entrañas de serpiente, estómago de foca bebé… ¡qué sé yo! Todo bajo la idea de “a donde fueres haz lo que vieres”. Y aquí es donde yo trazo la línea, ¿por qué voy a hacer lo que sea que están haciendo en otro lado, si eso que están haciendo me desagrada, me hace sentir incómoda o atenta contras mis principios? A mi me encanta viajar, y he tenido la fortuna de conocer muchas ciudades y pueblos de diferentes países, en varios continentes, en los que he probado incontables delicias culinarias sin tener que dejar a un lado lo que siento que está bien o está mal (vale aclarar que ese “bien” o “mal” es obviamente distinto para cada uno). Estoy segura de que muchas personas que han viajado a Vietnam se han abstenido de comer perro porque les parece que está mal, a pesar de que se trata de uno de los platos típicos de ese país; bueno, es la misma lógica… si no quiero comer vaca, cerdo o cualquier otro animal mientras estoy en mi casa, ¿por qué voy a cambiar de parecer por estar en suelo internacional? a fin de cuentas…
"Cambian de cielo, no de espíritu, los que huyen al otro lado del mar"
Para otras personas lo “difícil” es tener que tomarse el tiempo para leer el menú de los restaurantes hasta encontrar un buen lugar, uno que ofrezca cosas que sean ricas y nutritivas. No es difícil, es lo mínimo que uno debería hacer si quiere comer bien sea lo que sea que quiera comer, ¿no? Además encontrar opciones vegetarianas es fácil incluso en los lugares más carnívoros porque hasta los platos llenos de carne los sirven con algún tipo de vegetal, es cuestión de preguntar, sonreír y pedir el favor. La verdad es que si en un lugar te dicen que no tienen NINGUNA opción vegetariana es porque no te quieren atender, y siendo ese el caso vale la pena buscar un lugar en el que tengan una mejor atención a sus clientes, o por último cocinar tú mismo… sale más barato y lo puedes hacer a tu gusto. ¡La plata que te ahorras te la puedes gastar en cerveza o en regalos para ti o tus amigos!
Para otras personas lo “difícil” es tener que planear, tener que pensar en qué voy a comer si voy a estar caminando en X lugar, qué puedo desayunar si dormimos en X ciudad. Esta es una de esas tareas que solían ser normales y que ahora se toman como un castigo. Planear es parte del viaje, y puede ser tan tedioso o tan entretenido como uno quiera. ¿Vas de caminata y todos van a llevar sánduches de jamón? Busca un tofu en el mercado y sazónalo con cosas ricas. ¿No hay tofu? Haz un puré de fríjoles, garbanzos o lentejas y combínalo con vegetales crudos o salteados. Hasta en el país más carnívoro vas a encontrar frutas y vegetales, así que a menos que tu viaje sea a Groenlandia (donde el acceso a vegetales puede ser mucho más limitado y la base de alimentación es definitivamente carnívora) no tienes ningún problema.
Así que ahí dejo la parte de “depende”. Ahora voy a la otra parte de la respuesta: NO, no es difícil viajar siendo vegetariano o vegano. No es difícil asumiendo que viajar y ser vegetariano son dos cosas que uno está haciendo porque quiere, y cuando uno hace las cosas porque quiere encuentra la manera de hacerlas y listo, o como dicen por ahí:
"El que quiere encuentra una manera, el que no, encuentra una excusa"
Ahora, en conclusión, aquí están las cosas que debes tener en cuenta si eres vegetariano o vegano y te vas de viaje (cerca o lejos):
Planea: es parte del viaje. Busca información sobre las costumbres alimenticias del lugar que vas a visitar para que te hagas una idea de qué tan fácil (o difícil) puede ser conseguir opciones vegetarianas o veganas. Es muy probable que en este proceso descubras maravillas gastronómicas locales que otros viajeros no han conocido porque se han quedado con lo más común y de más fácil acceso. 
Pierde el miedo: a pedir modificaciones en los menús de los restaurantes; la mayoría de los platos son vegetarianizables, y muchos son veganizables, es cuestión de preguntar y pedir el favor de buena manera. La mayoría de los restaurantes no tendrán ningún problema en modificar un plato para ti… y de hecho es posible que ni siquiera necesites pedir esas modificaciones, pues cada vez es más común encontrar restaurantes vegetarianos y veganos en todas partes. Puedes usar herramientas como Happy Cow para buscar restaurantes en el lugar que vas a visitar, y llevar una lista con las direcciones en caso de que no tengas fácil acceso a internet. 
Cocina: Si estás quedándote en casas de amigos, en hostales, en alojamientos de AirBNB o Couchsurfing la mejor opción es cocinar, así puedes hacer las cosas a tu gusto y ahorras un montón de plata que puede ser útil para que disfrutes otras cosas del viaje. 
Aprende a comer bien: esto es importante también si estás en casa, pero es esencial cuando estás de viaje pues te debes alimentar bien para estar saludable y disfrutar el paseo sin percances. Acostúmbrate a comer buenas cantidades de fruta, vegetales, legumbres y frutos secos. Estos últimos son una excelente manera de mantener un adecuado consumo de proteína y otros nutrientes esenciales aún cuando no tienes acceso a comidas vegetarianas más elaboradas. 
Sé flexible: un desayuno turco es muy diferente a un desayuno colombiano. Si sales a buscar comidas similares a las que comerías en casa es posible que te encuentres en situaciones muy frustrantes, pero si te enfocas en las prioridades (disfrutar el viaje y comer bien) te aseguro que encontrarás muchas opciones. Tal vez en casa no desayunarías lentejas y ensalada… pero estás de viaje, ¿qué más da? ¡Disfruta!
Y ustedes, ¿han tenido problemas con la comida al viajar? ¿Cómo los han resuelto? ¿Tienen recomendaciones adicionales?  Alta resolución

Viajar vegano y no morir en el intento, en 5 pasos básicos. 


Uno de los desafíos (si se le quiere decir así) de ser vegetariano o vegano es el tema de salir de casa. Cocinar a mi gusto, añadiendo lo que quiero comer y quitando lo que no me gusta es muy fácil en mi propia cocina… pero salir a comer a otro lugar trae consigo ciertas incomodidades, más aún cuando ese otro lugar es otro país, con otro idioma y otras costumbres alimenticias. De hecho una de las preguntas que me hacen con más frecuencia es si es muy difícil ser vegano/vegetariano cuando uno quiere viajar; y la respuesta es: depende, y no. 

Depende de qué sea lo que uno considera “difícil”. Nos hemos acostumbrado a tener todo tan al alcance de la mano, todo es directo, instantáneo (el café, las sopas, la comunicación, etc.) y nos cuesta mucho trabajo lidiar con cosas que hace unos cuantos años eran consideradas normales y que en este momento parecen ser —para muchas personas— esfuerzos sobrehumanos. Aquí quiero desmenuzar un poquito esas ideas de lo que puede ser “difícil”.

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La mamá de todas las mamás.
En general, los días de cualquier cosa (léase día de la madre, día del padre, del amor y la amistad, día del profesor, del diseñador, de la secretaria, del personal de servicio al cliente, del asesor de seguros, de quien sea) me parecen más una excusa comercial que una cosa realmente significativa. A las mamás se les debería celebrar el hecho de ser mamás en cualquier momento del año y no en una fecha X en la que los centros comerciales ponen corazones y frases prefabricadas en todas las vitrinas. 
En todo caso quiero aprovechar la fecha como excusa para felicitar a la mamá de todas las mamás: la tierra. Y recuerden que uno a la mamá la quiere y la cuida todos los días, no sólo el día de la madre.

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La mamá de todas las mamás.

En general, los días de cualquier cosa (léase día de la madre, día del padre, del amor y la amistad, día del profesor, del diseñador, de la secretaria, del personal de servicio al cliente, del asesor de seguros, de quien sea) me parecen más una excusa comercial que una cosa realmente significativa. A las mamás se les debería celebrar el hecho de ser mamás en cualquier momento del año y no en una fecha X en la que los centros comerciales ponen corazones y frases prefabricadas en todas las vitrinas. 

En todo caso quiero aprovechar la fecha como excusa para felicitar a la mamá de todas las mamás: la tierra. Y recuerden que uno a la mamá la quiere y la cuida todos los días, no sólo el día de la madre.

Comida rica, fácil, sana y sin crueldad. Primera entrega (de muchas).
Hace un par de meses aprendí a germinar lentejas con un tutorial que encontré en este maravilloso blog. También aprendí a germinar quinoa y garbanzos, pero esa historia es para después. 
El proceso es realmente muy fácil: 
Se lavan bien y se ponen a remojar de un día para otro (yo remojé una taza de lentejas).
Se enjuagan y se escurren bien.
Se ponen en un recipiente de cerámica o de vidrio (puede ser en un envase de vidrio como los de mermelada o en un plato hondo en el que quepan “cómodamente” las lentejas).[[MORE]]
Se cubren con una toalla desechable de cocina o con una tela de fibras naturales bien limpia (por ejemplo lino). Se ponen en un lugar bien ventilado pero lejos de la luz directa hasta el otro día. 
¡Listo! Al siguiente día ya vas a ver que tienen unas “colitas”. Eso significa que ya germinaron. Yo les di otro día más para que las colitas crecieran más, ¡algunas incluso empezaron a sacar hojas!A mí me pareció muy lindo verlas germinar, hasta les tomé una foto.
No sabía muy bien qué hacer con las lentejas germinadas entonces recurrí a la fuente que responde casi todas mis preguntas culinarias últimamente: Pinterest. Como siempre, encontré un montón de recetas deliciosas, pero muchas tenían ingredientes que no tenía disponibles en ese momento así que decidí improvisar. Usé ingredientes muy básicos que normalmente se tienen en casa para hacer un salteado y quedó muy rico.
Aquí va la receta:




Sólo es necesario saltear unos cuantos minutos para que los ingredientes se calienten. No hace falta cocinar las lentejas (quedan crujientes, llenas de nutrientes, maravillosas) y se pueden añadir o reemplazar los ingredientes según lo que tengas disponible. 
¡Así de fácil! Comida rica, sana, sin carne, sin lácteos, sin huevo, llena de colores, sabores y nutrientes. Puro poder alimenticio.
Si acaso tienen dudas sobre los valores nutricionales de las lentejas, les dejo esta tabla comparativa, con datos obtenidos en la página de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura):
Y ustedes, ¿han preparado algo con germinados? ¿Tienen técnicas diferentes? ¿Recetas recomendadas? ¡Compártanlas en los comentarios! Alta resolución

Comida rica, fácil, sana y sin crueldad. Primera entrega (de muchas).

Hace un par de meses aprendí a germinar lentejas con un tutorial que encontré en este maravilloso blog. También aprendí a germinar quinoa y garbanzos, pero esa historia es para después. 

El proceso es realmente muy fácil: 

  1. Se lavan bien y se ponen a remojar de un día para otro (yo remojé una taza de lentejas).

  2. Se enjuagan y se escurren bien.

  3. Se ponen en un recipiente de cerámica o de vidrio (puede ser en un envase de vidrio como los de mermelada o en un plato hondo en el que quepan “cómodamente” las lentejas).

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Una historia que me tiene revuelto el corazón.
La historia de Muñeca me ha tenido con el corazón revuelto todos estos días. Para aquellos de ustedes que no saben de qué estoy hablando, la historia es la siguiente: el primero de abril un trabajador de Aseo Capital le cortó 3 patas a una perrita que, según él, “se chocó” con la máquina podadora… y siguió con su trabajo como si nada hubiera pasado. Sólo las exigencias de las personas que vieron el hecho lo obligaron a parar y a declarar ante la policía, donde tuvo el cinismo de afirmar que no la había visto. Muñeca es una perra mediana, estaban podando el pasto, no un matorral de bosque andino… era imposible que no la hubiera visto. 
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Ésta es otra de tantas cosas que pasan en este país, en este planeta, que me llenan de indignación, tristeza y sobre todo miedo. Me da mucho miedo pensar en cuántas personas hacen cosas atroces y violentas contra otras personas y contra los animales y no les importa. Me da mucho miedo —quizás aún más— pensar en todo el daño que hacemos sin darnos cuenta, sin ser conscientes de lo que estamos haciendo… aveces porque el alcance de las consecuencias de nuestros actos está más allá de nuestros ojos, o aveces porque nos han educado de manera que entendemos algunos actos llenos de violencia con plena normalidad, como si fueran completamente inofensivos sólo por el hecho de ser comunes. 
Lo que le pasó a muñeca no es un caso aislado, como tampoco lo es ninguno de los actos violentos que nos cuentan las noticias. Y no es un caso extraño tampoco… lamentablemente tiene sentido, y no digo sentido como queriendo decir que lo entiendo, o que pienso que sea lógico, muchísimo menos diciendo que esté bien. Está mal, está podridamente mal, pero tiene sentido en medio de todo su sinsentido.
Tiene sentido porque vivimos en una sociedad que valora más a los objetos que a los seres vivos, en la que el concepto de felicidad está ligado al de tener cosas y en la que nos enseñan que uno “vale” más si tiene más. Tiene sentido porque, además, vivimos en una sociedad que nos ha enseñado a ver al medio ambiente como un adversario que hay que vencer (una idea absolutamente descabellada y llena de ignorancia por donde se la mire), que nos ha enseñado a entender que el progreso y el desarrollo son cemento y carros, que nos ha convencido de que somos pobres y subdesarrollados porque mide a todos con la misma vara y (aprovechando una frase de Einstein) juzga a los peces por su capacidad de subirse a los árboles. 
Tiene sentido, también, porque nos han educado para creer que los animales —y en general la naturaleza, que en medio de nuestra ignorancia entendemos como algo separado de nosotros, ignorando que nosotros somos parte de ella— son objetos que están aquí para nuestro beneficio. Nuestro sistema ha estado en gran parte construido alrededor de esa idea: mientras los animales nos sean de alguna utilidad: bienvenidos; si no, adiós.
Las vacas, los cerdos, las gallinas y los peces nos “sirven” porque son comida, qué importa si sufren, o si sienten miedo o dolor… nosotros “necesitamos” esos productos y por supuesto, lo que nosotros necesitemos está por encima de lo que necesiten ellos. Los perros, los gatos, las aves exóticas nos “sirven” como compañía en el mejor de los casos… en muchos otros sirven como adorno. La raza de perro que esté de moda se vende en las tiendas de mascotas como pan caliente, se ven cachorros muriendo de tedio encerrados en una vitrina, esperando a que alguien los libere de esas jaulas de vidrio en las que no pueden ni siquiera moverse bien. Tan pronto pasan de moda se llena la calle de animales abandonados.  
¿Cómo va a ser sorprendente que alguien le corte las patas a un perro? A ese señor, seguramente, le enseñaron que los animales sirven para algo y no que son otros habitantes de este planeta, con tanto derecho de estar aquí como nosotros. Al señor le estorbó la perra mientras cortaba el pasto, y como la vio criolla (y por lo tanto con cara de perra callejera) le pasó por encima. Si muñeca hubiera sido dálmata, labrador o akita inu es posible que la historia hubiera sido otra… y no porque al señor ese le hubiera importado, sino porque tal vez se hubiera sentido asustado por lo que le podría pasar si el dueño de un perro de raza (seguramente alguien con plata) le podría hacer; seguramente él jamás esperó que hubiera gente que se preocupara por un perro de la calle, porque obvio, esos no “sirven” para nada. A estas alturas ese señor debe estar entre confundido e indignado preguntándose por qué la gente está haciendo tanto alboroto por un animal, algo que a él seguramente le enseñaron que vale menos que un objeto. 
Como empecé diciendo, la historia de muñeca me tiene con el corazón revuelto, y también confundido. Por ratos me lleno de tristeza y de miedo pensando en lo que le hicieron a esa perrita y lo que impunemente le hacen a miles de animales todos los días. Por ratos me lleno de esperanza viendo a tanta gente que se ha preocupado por el caso, a los medios dedicándole algo de espacio a una noticia sobre maltrato animal. Es posible que, como todas las noticias de violencia en Colombia, la noticia de Muñeca se olvide en poco tiempo, apenas pase el boom… pero estoy segura de que a algunas personas esta historia las marcó para siempre, aunque sea a unas pocas. Pienso también que sólo el hecho de que se esté generando polémica, que a ese señor lo hayan echado de su trabajo y que las directivas de Aseo Capital se estén viendo obligadas a dar explicaciones, a publicar comunicados y a cubrir todos los gastos de atención veterinaria de Muñeca va a sentar un precedente, aunque sea mínimo, en cuanto a derechos de los animales.
Unas cuantas personas exigieron al trabajador de Aseo Capital que explicara lo que pasó. Varias más se unieron y han estado atentas a la evolución de Muñeca. Otras más han empezado a organizar marchas para exigir la creación de leyes más fuertes de protección a los animales. Todo puede parecer muy poco pero de cosas pequeñas se hacen cosas grandes. En esta historia la diferencia la está haciendo la gente, y esa, en mi opinión, es la única manera de hacer la diferencia. 
Para cerrar, quiero compartir con ustedes una lista de diez consejos para evitar el sufrimiento animal. Es una lista que propone la Sociedad Protectora de Animales de Medellín en un volante que cogí en el Café Vallejo y lo tengo pegado a la nevera; algunas son cosas que he tenido claras desde pequeña (gracias mami), otras las he ido aprendiendo después. También lo tengo a la vista porque uno nunca sabe quién va a leer algo de lo que uno tiene por ahí, y cuando uno menos piensa ha hecho otra pequeña diferencia. 
Aquí va:
Diez consejos para evitar el sufrimiento animal:
1. Alimentos: Evita en tu dieta productos obtenidos de los animales que son maltratados en granjas de explotación masiva.
2. Ropa: Busca alternativas, como el algodón, el lino y los materiales sintéticos. 
3. Cosméticos: Rechaza productos que son probados en animales.
4. Diversión: La caza, la pesca, y algunos mal llamados deportes como el rodeo, las corridas de toros, las riñas de gallos, producen sufrimiento y dolor. Rechaza estos espectáculos.
5. Cautiverio: Los zoológicos, los circos, los acuarios, utilizan animales aislándolos de su medio ambiente natural. Evita las visitas a estos lugares.
6. Educación: Niégate a participar en experimentos con animales, propón medios alternativos. Difunde este mensaje y ayuda a mejorar el trato que se le da a los animales.
7. Responsabilidad: No reproduzcas, no compres, no vendas animales. 
8. Albergues: Son insuficientes para atender la demanda de servicios. Colabora ayudando a ubicar animales en hogares sustitutos. Dona, apadrina, adopta. 
9. Cuidado: Esteriliza los animales cercanos a tu grupo familiar, no los dejes circular sin traílla, bríndales atención veterinaria y dedícales tiempo diariamente para jugar y caminar.
10. Habla por ellos, déjate oír. Escribe a los periódicos, programas radiales y de televisión. Reclama por los derechos de los animales. Tú eres su voz.  Alta resolución

Una historia que me tiene revuelto el corazón.

La historia de Muñeca me ha tenido con el corazón revuelto todos estos días. Para aquellos de ustedes que no saben de qué estoy hablando, la historia es la siguiente: el primero de abril un trabajador de Aseo Capital le cortó 3 patas a una perrita que, según él, “se chocó” con la máquina podadora… y siguió con su trabajo como si nada hubiera pasado. Sólo las exigencias de las personas que vieron el hecho lo obligaron a parar y a declarar ante la policía, donde tuvo el cinismo de afirmar que no la había visto. Muñeca es una perra mediana, estaban podando el pasto, no un matorral de bosque andino… era imposible que no la hubiera visto. 

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3 razones para tener una “noche sin luz”
Hace un par de meses estaba buscando información sobre los ciclos hormonales femeninos y me encontré con una cantidad de cosas interesantes/impactantes/inquietantes; lo más inquietante fue darme cuenta de que había pasado tantos años de mi vida sin entender muchos aspectos de algo que es parte de mi cuerpo y que es parte esencial del género femenino. 
En esa búsqueda, encontré alguna página web que hablaba de la relación entre los ciclos hormonales y la luz natural (como la luz del día y la luz de la luna), y también sobre la relación entre la luz artificial y los desequilibrios hormonales, los ciclos irregulares e incluso los problemas de fertilidad. [[MORE]] Eso me puso a pensar en algo que ya había pensado antes: muchos animales se despiertan temprano, con la salida del sol, y desarrollan sus actividades durante el día. Cuando empieza a oscurecer, por ejemplo, las gallinas se van a dormir y los pájaros regresan a los árboles a buscar refugio para descansar. Claro, hay muchos animales nocturnos o con ciclos que combinan actividad en el día y en la noche (como los gatos), pero igual eso me hace pensar qué tanto ha cambiado nuestra rutina adaptándose a través de los siglos según el clima, la cantidad de luz disponible (natural o artificial), los horarios de trabajo, las dinámicas sociales, etc. 
Particularmente para las personas que vivimos en las ciudades pensar en una noche sin luz artificial es casi imposible. Las calles están iluminadas (si no lo estuvieran lo más seguro es que nos daría miedo salir a la calle), las casas están iluminadas, incluso muchos aparatos que utilizamos emiten luz (celulares, computadores, televisores). Estamos constantemente consumiendo energía eléctrica y dándole señales a nuestro cuerpo de que debe estar despierto. 
Entonces, volviendo a mi búsqueda… se me ocurrió hacer un experimento. Me propuse (y se lo propuse a mi novio, que iba a ser afectado directamente) tener una noche sin luz artificial cada semana: dejar que la noche “llegara” naturalmente, apagar los computadores a las 6pm y quedarnos a oscuras —tanto como lo permite la ciudad, pues igual por la ventana entra la luz que viene de afuera— hasta el otro día. A él, que le gustan todos esos experimentos, le gustó la idea y desde entonces hemos estado teniendo noches sin luz con cierta regularidad. (Vale la pena aclarar que vivo en Medellín, ciudad tropical en la que no hay horarios de invierno y verano, y siempre amanece y anochece más o menos a la misma hora; este experimento debe ajustarse en caso de que se haga en lugares no-tropicales).
Aquí les cuento 3 razones por las cuales me gusta la noche sin luz, y por las que pienso que todo el mundo debería tener una: 
1. El cuerpo y la mente reciben un merecido descanso. 
En un día “normal” en mi casa —como en la mayoría— hay luz artificial hasta el último momento antes de acostarme. Suelo usar sólo las luces que necesito, así que por lo general tengo sólo una luz prendida (la del lugar del apartamento en el que esté), pero esa es más que suficiente para que mi cuerpo reciba el mensaje de que debe estar activo y que todavía no es hora de descansar. Aveces incluso tengo el computador prendido hasta tarde, revisando correos, adelantando trabajo… con la cabeza ocupada en varias cosas al mismo tiempo a pesar de que el día ya se acaba y que a esas alturas necesito descanso.
En las noches sin luz apago el computador a las 6. Mi novio (el otro beneficiario del experimento) y yo nos acomodamos en la hamaca que tenemos al frente de la ventana, oímos los pajaritos que se están yendo a dormir (tenemos la fortuna de tener una buena vista, llena de árboles) y conversamos. Después de un rato ya empezamos a sentir sueño, el cuerpo se siente más lento, todo se siente más tranquilo. Comemos algo (aquí usamos una vela, hay un poquito de trampa pero es para no quemarnos mientras cocinamos) y después de un rato ya estamos tan somnolientos que lo único lógico que queda por hacer es dormir.
Cuando hay noche sin luz nos dormimos más temprano, es lo que el cuerpo pide, es un merecido descanso; y no sólo eso: dormimos mejor. Al “desconectar” la cabeza de las preocupaciones del día y permitirnos estar en un ritmo diferente, nos preparamos mejor para el sueño y dejamos que el cuerpo y la mente se relajen y entren progresivamente en ese estado de descanso que lleva a un sueño rico y profundo. 
2. Es una oportunidad para disfrutar otras cosas.
Cuando hay tantos estímulos externos es muy difícil pensar en uno mismo, o en las personas que uno tiene al lado. En el día estamos normalmente ocupados con todo lo que pasa a nuestro alrededor (o lo que pasa al frente, en la pantalla del computador) y aún en la noche estamos pendientes de hacer cosas en la casa, lo que faltó organizar, el correo que faltó enviar, lo que hay que preparar para mañana…
Claro, la luz artificial es muy conveniente porque nos permite seguir las actividades diurnas aún en la noche, pero normalmente hace que nos olvidemos de aprovechar ese rato para disfrutar cosas que no disfrutamos en el día: descansar, pasar tiempo tranquilo con la familia, los amigos, o disfrutar de un rato de soledad también. Estar sin luz nos obliga a pensar de otra manera, porque limita lo que podemos hacer; estimula la creatividad y nos permite disfrutar de cosas que, si tuviéramos luz, tal vez ni nos daríamos cuenta de que están ahí. 
3. La hora del planeta es para amateurs.
No me malinterpreten: estoy 100% a favor de los pequeños gestos, sin importar lo pequeños que sean cuando se trata de ayudar al planeta… pero la hora del planeta me parece más una cosa de forma que de fondo, especialmente cuando no se combina con ningún otro esfuerzo.
Una hora sin consumir electricidad puede tener impacto, claro, pero realmente no llega a compensar ni de cerca el uso y el abuso de los otros recursos, renovables y no renovables si el único gesto que tenemos con el planeta es ese. Como leí algún día por ahí (y lo publiqué en el blog anterior) “la hora del planeta es como pegarle todos los días a la mamá, pero invitarla a comer el día de la madre”.
Por eso también me gusta la noche sin luz, es una de esas cosas que nos beneficia a nosotros, beneficia al planeta, al beneficiar al planeta nos vuelve a beneficiar a nosotros, al derecho y al revés. ¿Por qué limitarnos a apagar todas las luces durante una hora al año, cuando podemos hacerlo por varias horas a la semana y recibir beneficios instantáneos? Este tipo de hábitos son los que suelen llevarnos a cuestionar más las cosas que hacemos, los ritmos que llevamos… y eso necesariamente se verá reflejado en la manera en que entendemos nuestra relación con el planeta y con nuestro propio cuerpo. 
¡Ahí están! ¿Alguno de ustedes ya había probado la noche sin luz? Si ya lo hicieron, ¿cómo les fue?  Alta resolución

3 razones para tener una “noche sin luz”


Hace un par de meses estaba buscando información sobre los ciclos hormonales femeninos y me encontré con una cantidad de cosas interesantes/impactantes/inquietantes; lo más inquietante fue darme cuenta de que había pasado tantos años de mi vida sin entender muchos aspectos de algo que es parte de mi cuerpo y que es parte esencial del género femenino. 

En esa búsqueda, encontré alguna página web que hablaba de la relación entre los ciclos hormonales y la luz natural (como la luz del día y la luz de la luna), y también sobre la relación entre la luz artificial y los desequilibrios hormonales, los ciclos irregulares e incluso los problemas de fertilidad.

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¡Maravilloso arroz con/sin leche!
Una de las cosas que más me ha hecho feliz de haber aprendido a hacer leche de almendras es que encontré una alternativa para uno de mis postres favoritos: el arroz con leche. La leche de soya no me parece muy atractiva con su leve sabor amargo, y no se me ocurría de qué manera podía lograr una receta similar, que quedara al menos la mitad de buena que la original… hasta que encontré esta receta. Le hice un par de ajustes y debo decir que quedó maravilloso (por eso el título, modestia aparte). El arroz con leche me gusta ahora aún más de lo que me gustaba antes, porque ningún animal es maltratado en el proceso de prepararlo. Aquí hay una foto de un ternero tomando leche de su mamá, como debe ser. 
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Para hacer arroz con/sin leche necesitas:
5 tazas de leche de almendras
1 taza de agua
1 taza de arroz
1/2 taza de pulpa de almendras de la que queda de hacer la leche (opcional, pero a mi me gusta porque le da una textura rica y porque aprovecho la pulpa)
1/3 taza de panela en polvo (se puede reemplazar por azúcar o stevia)
La cáscara de una naranja
Vainilla (esencia o natural)
Canela y pasas para servir (opcionales)
Primero debes lavar el arroz, y ponerlo en una olla mediana con una taza de agua a fuego medio. Deja que el agua hierva, revolviendo con frecuencia. Cuando el agua casi se haya secado añade una taza de leche de almendras, la panela y la vainilla (yo uso esencia y le echo unas cuantas gotas, no muchas para que no quede muy fuerte). Pásalo a fuego bajo y revuelve con frecuencia para evitar que se pegue. 


Cuando esté espeso y se haya absorbido casi toda la leche, añade otra taza y añade la pulpa de almendras. Añade también la cáscara de naranja (¡lava muy bien la naranja antes de pelarla!), esto le da un sabor y un aroma de-li-cio-sos. 

De nuevo, cuando esté espeso, añade otra taza de leche de almendras. Revuelve bien. Cuando espese de nuevo añade la cuata taza de leche. Básicamente el secreto es estar muy atento en la preparación, para ir añadiendo cada taza de almendras en su momento. Se debe dejar una taza para el final. 

Cuando esté espeso de nuevo, prueba para asegurarte de que el arroz está lo suficientemente suave. Si le falta, puedes añadir un poco de agua o leche de almendras si tienes de sobra (recuerda que es necesario reservar una taza para el final). 
Una vez esté listo, retira las cáscaras de naranja (hay que sacarlas TODAS porque si queda alguna hace que el arroz se dañe más rápido) y añade la última taza de leche de almendras para mejorar la consistencia. Dependiendo de cómo te guste puedes servirlo inmediatamente con las pasas y la canela, o esperar a que se enfríe. ¡Y listo!
¿Lo hiciste? ¿Te gustó? ¿Probaste con algún ajuste diferente? ¡Compártelo en los comentarios! Alta resolución

¡Maravilloso arroz con/sin leche!


Una de las cosas que más me ha hecho feliz de haber aprendido a hacer leche de almendras es que encontré una alternativa para uno de mis postres favoritos: el arroz con leche. La leche de soya no me parece muy atractiva con su leve sabor amargo, y no se me ocurría de qué manera podía lograr una receta similar, que quedara al menos la mitad de buena que la original… hasta que encontré esta receta. Le hice un par de ajustes y debo decir que quedó maravilloso (por eso el título, modestia aparte). El arroz con leche me gusta ahora aún más de lo que me gustaba antes, porque ningún animal es maltratado en el proceso de prepararlo. Aquí hay una foto de un ternero tomando leche de su mamá, como debe ser. 

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Las plantas son buena compañía
Mi casa está llena de matas (plantas)… siempre lo ha estado. Cuando estaba muy pequeña mi abuela se encargaba de tener siempre bonitas las matas del patio, la terraza y el antejardín; mi mamá y mi tía también tenían las suyas (incluso hubo una oruga que se volvió mariposa en una de las matas de mi mamá), y cuando pienso en mi infancia siempre tengo recuerdos en los que estoy rodeada de plantas preciosas. 
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Desde hace muchos años soñaba con el momento en el que me estableciera en algún lugar, y pensaba en todas las matas que quería tener: saliendo por la ventana, colgadas del techo, encima de todos los muebles. Ahora, a pesar de mis gatas (algunos de ustedes entenderán la complicada combinación gatos-plantas), por fin tengo mi propio jardín; no es un jardín como el de mi abuela pero por algo se empieza. Tampoco es legalmente un jardín… vivir en un séptimo piso tiene sus desventajas, pero me las he arreglado para llenar poco a poco mi hogar con matas grandes, pequeñas, con y sin flores, cada una más bonita que la otra hasta el infinito. Sí. Estoy muy orgullosa de mis matas, y también –debo aceptarlo– de mí misma por estar aprendiendo a cuidarlas.

Sé que muchas personas comparten mi gusto por las matas (curiosamente suelen ser mujeres), y muchos también, como yo, se llenan de orgullo cuando les dicen “tienes unas matas muy bonitas”. Sin embargo, y tal vez porque todos tenemos contacto diario con ellas, muchas veces nos acostumbramos a su presencia y dejamos que su belleza y sus bondades nos pasen desapercibidas. 
¿Alguna vez se han detenido a pensar qué sería de nosotros sin las plantas? Muchísimas cosas de las que usamos todos los días tienen su origen en las plantas: el papel, el algodón, el lino, el café, el té, el chocolate, muchos componentes medicinales, el aceite para cocinar, las especias y por supuesto ¡la comida! Gracias a las plantas tenemos libros, cuadernos, hojas en las que escribimos cartas, en las que hacemos dibujos; gracias a las plantas nos vestimos y nos protegemos del frío y del sol, gracias a ellas podemos curar muchas enfermedades y controlar muchos síntomas, y cómo no, gracias a ellas comemos. También es cierto para las personas que creen comer pocas plantas, pues hasta los productos alimenticios más procesados contienen al menos algo de maíz, trigo o soya, e incluso la carne, para llegar a un plato, tuvo antes que ser vaca (o gallina, o pez, o cerdo o lo que sea) y tuvo que alimentarse de plantas.
¿Será que se me olvida algo? Ah, claro… también hacen oxígeno. A las plantas les debemos nada más y nada menos que el aire que respiramos.

Si todavía no los he convencido de lo buena compañía que son las plantas, aquí va una lista de ventajas:
Son lindas, y le dan vida hasta a los lugares más aburridos.
Son seres vivos que requieren cuidados realmente simples, y que hacen que aprendamos a ver la enorme diversidad de manifestaciones de vida que tiene la naturaleza.
Son una buena manera de prepararse para asumir responsabilidades más grandes, como adoptar un animal de compañía.
Son pequeños universos. Dependiendo de las matas que tengas vas a ver que la visitan hormigas, abejas, lagartijas; en la tierra nacen otras plantas, crecen hongos, etc.
Al cuidarlas, uno aprende a disfrutar cosas que para otras personas pueden ser insignificantes. Yo, por ejemplo, disfruto echarles agua con un atomizador mientras me imagino lo contentas que se ponen… como cuando uno tiene mucho calor y hay algo de brisa.
Hacen oxígeno. Ya lo dije, pero es que es tan importante y tan básico que definitivamente hay que repetirlo.
A propósito de ese último punto: como ustedes sabrán (espero que lo recuerden de las clases de biología del colegio), el ciclo del oxígeno en las plantas depende de la fotosíntesis. De día, aprovechando la luz del sol, las plantas “comen” dióxido de carbono y lo transforman en oxígeno, de esta manera limpian el aire. En la noche, como nosotros, “respiran” oxígeno y generan dióxido de carbono.
Existe una creencia popular que dice que es malo dormir con plantas en la pieza o tener muchas en la casa porque nos roban el oxígeno por la noche. Si eso fuera cierto tampoco podríamos dormir en la misma pieza con otra persona, pues de hecho los humanos consumimos mucho más oxígeno que el que consumen las plantas en la noche. Así que si sacaste las maticas de la pieza porque te roban el oxígeno, hay que sacar también al novio/novia/esposa/marido. También, si eso fuera cierto, todos los animales que viven en selvas o bosques morirían asfixiados o envenenados con CO2… cuando la verdad es que suelen tener pulmones mucho más sanos que los nuestros.
Y ya para cerrar les dejo este video que encontré con un time lapse de la germinación de unas habas. Si alguien cree que las plantas no se mueven, ahí tienen para empezar a borrar esa idea de la cabeza.
"El hombre cree que las plantas no se mueven ni sienten porque no se toma el tiempo suficiente para observarlas"– Raoul Francé –


Rise of the Broad Beans from Matt Hannon on Vimeo.
P.D. Hoy, mañana y pasado mañana son buenos días para podar, por estar en cuarto menguante. Para los que ya tienen la fortuna de tener plantas en la casa: aprovechen para quitarles las hojas marchitas y para recortarlas un poco y estimular un crecimiento sano. Para los que no: aprovechen para ir al vivero a comprar una o a la casa de la vecina a que les regale un “piecito” (como dicen las abuelas) pues también es un buen momento para trasplantar. Alta resolución

Las plantas son buena compañía

Mi casa está llena de matas (plantas)… siempre lo ha estado. Cuando estaba muy pequeña mi abuela se encargaba de tener siempre bonitas las matas del patio, la terraza y el antejardín; mi mamá y mi tía también tenían las suyas (incluso hubo una oruga que se volvió mariposa en una de las matas de mi mamá), y cuando pienso en mi infancia siempre tengo recuerdos en los que estoy rodeada de plantas preciosas. 

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Mega batido de poder tropical

Últimamente el clima en Medellín ha estado más frío de lo normal, tanto que he vuelto a tomar –mi amado– chocolate caliente al desayuno o al algo (así le decimos en Colombia a la merienda, sé que normalmente le hace mucha gracia a los extranjeros). Todos estos últimos días pasaron sin mucho esfuerzo al momento de pensar qué iba a tomar, porque el frío lo permitía… pero hoy Medellín se comportó tan primaveral como siempre, y con una temperatura de 27º una bebida caliente no era lo que mi estómago pedía. 

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Eres lo que comes (más de lo que crees)
Ir a la plaza a comprar frutas y verduras es una de esas cosas que nunca pensé que fuera a disfrutar tanto. Mi gusto por cocinar y probar mezclas nuevas es más bien reciente, y como antes no me interesaba mucho lo que pasaba en la cocina, tampoco me interesaba lo que pasaba antes de la cocina, o de dónde salían las cosas que después estaban en mi plato. 
Es curioso que algo tan importante como comer sea tratado de manera tan indiferente por tantas personas. Es una necesidad básica del cuerpo: necesitamos comer todos los días, varias veces al día, para poder tener fuerza y salud para hacer todas las cosas que queremos hacer. Más que comer, necesitamos alimentarnos. Nutrirnos. 
Lo que comemos afecta nuestra salud, eso está clarísimo (o debería estarlo, supongo). Lo repiten todos los blogs y revistas de "fitness" y vida sana, aparece en las secciones de salud de los periódicos, hay millones de tableros de Pinterest dedicados a recopilar información sobre salud y alimentación, en fin… ya me siguen el hilo. Pero pocas veces se hace suficiente énfasis en las otras implicaciones que tienen nuestras decisiones alimenticias.

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Cuando decidimos lo que comemos y lo que no comemos no sólo afectamos positiva o negativamente nuestra salud; lo que comemos tiene implicaciones ambientales, económicas, sociales y políticas.
Así de simple y así de complicado. Es un tema que tiene mucho de largo y de ancho y sobre el cual no soy ninguna experta, pero que se ha convertido en una de mis principales preocupaciones al momento de decidir lo que como y lo que no. Ha sido un proceso de aprendizaje, de búsqueda de información de fuentes confiables y de mucho preguntarme a mi misma por qué tengo los hábitos alimenticios que tengo.
Ir a comprar a la plaza tiene muchas ventajas:
Sé que le estoy comprando más directamente a las personas que cultivan lo que como, y que las ganancias van para ellos y no se quedan en los bolsillos de los dueños de los grandes almacenes.
Tengo un contacto más directo con mis alimentos. La plaza es un lugar lleno de formas y colores que estimulan la vista y que nutren tanto como las vitaminas que contienen los vegetales que allí se consiguen. No importa cuántos dibujitos de colores tenga un empaque de galletas, para mí no le ganan a los colores de la cáscara de un mango… ¡y el olor!
La plaza no está diseñada para “seducir”, es más sincera. Los productos están puestos en estanterías para que los veamos fácilmente pero no están distribuidos para confundirnos, como pasa en los grandes supermercados.
Consigo productos a granel, como frijoles, lentejas, maní, semillas. Menos cosas hiper-empacadas, más cosas frescas y naturales, ¡como debe ser!
Tengo más control sobre las cosas que compro, en muchos casos conozco directamente a quienes las cultivan y me pueden contar qué procedimientos tienen, si usan o no plaguicidas y hasta cómo puedo consumir los vegetales que estoy comprando. ¿Cuándo va a recibir uno esa información en un supermercado?

Está claro que no estoy resolviendo todos los problemas del mundo por comprar en la plaza, pero tengo la tranquilidad de saber que estoy siendo más coherente con mis preocupaciones, y que estoy siendo más consciente del impacto ambiental, social, económico y político de mis decisiones alimenticias. En la plaza en la que compro (Plaza de la América en Medellín, para quienes les pueda ser útil el dato) hay un local de Recab (Red colombiana de agricultura biológica) donde se consiguen vegetales orgánicos y otras cosas también con producción muy limpia, como panela, quinoa, amaranto, miel, mermeladas, etc. Obvio, no todo lo que venden en la plaza es orgánico y local, pero sigue siendo una mejor opción que comprarle a grandes almacenes.
Aveces no es fácil tener acceso a una plaza para comprar, pero siempre hay opciones: legumbrerías pequeñas, tiendas locales, etc. Evitar los grandes supermercados siempre va a ser una buena opción. 
Es inquietante –por decir lo menos– que nos importe tan poco lo que le damos a nuestro cuerpo, particularmente teniendo en cuenta que no sólo nos afecta a nosotros, sino a nuestro entorno local, nacional, global. Esta es una invitación a que nos preguntemos más cosas: ¿Por qué comemos lo que comemos? ¿Nos hace bien? ¿Le hace bien a otras personas, a mi ciudad, región, país? ¿Le hace bien al planeta? 
Y ustedes, ¿compran en la plaza? ¿qué tal les parece?
P.D. Quiero hacer una lista con lugares recomendados para comprar alimentos más “responsables”, así que me encantaría que me compartan los datos de los lugares en los que ustedes compran. Me sirven datos de cualquier ciudad, de cualquier país :) Alta resolución

Eres lo que comes (más de lo que crees)

Ir a la plaza a comprar frutas y verduras es una de esas cosas que nunca pensé que fuera a disfrutar tanto. Mi gusto por cocinar y probar mezclas nuevas es más bien reciente, y como antes no me interesaba mucho lo que pasaba en la cocina, tampoco me interesaba lo que pasaba antes de la cocina, o de dónde salían las cosas que después estaban en mi plato. 

Es curioso que algo tan importante como comer sea tratado de manera tan indiferente por tantas personas. Es una necesidad básica del cuerpo: necesitamos comer todos los días, varias veces al día, para poder tener fuerza y salud para hacer todas las cosas que queremos hacer. Más que comer, necesitamos alimentarnos. Nutrirnos. 

Lo que comemos afecta nuestra salud, eso está clarísimo (o debería estarlo, supongo). Lo repiten todos los blogs y revistas de "fitness" y vida sana, aparece en las secciones de salud de los periódicos, hay millones de tableros de Pinterest dedicados a recopilar información sobre salud y alimentación, en fin… ya me siguen el hilo. Pero pocas veces se hace suficiente énfasis en las otras implicaciones que tienen nuestras decisiones alimenticias.

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